POR MARÍA D. LEON

Desde los orígenes de los primeros asentamientos humanos, el mito y la leyenda están presentes en la conformación de cada población y Grecia no es la excepción. Los griegos consideraban a su pasado como el elementos más importante de su devenir histórico. El mundo helénico es el más atrayente y difundido en occidente. El propio Platón describió a los griegos como “ranas sentadas en torno a un estanque”, en referencia a los asentamientos alrededor de los mares del Egeo, el Mediterráneo y el Mar Negro.

La utopía de un ideal de organización política y social en una comunidad humana, se puede ubicar en la Hélade hace más mil años, con la conformación de las vanagloriadas polis y las ideas del legislador ateniense Solón, precursor de la democracia, quien estableció las nociones de orden y de civismo. Al colapsar la era micénica y el periodo de la Edad Oscura, los helenos se distribuyen por territorio griego y de nuevo el mito y la leyenda se encuentran detrás de su origen. La mitología impregnó todas las esferas de la vida pública y privada y era parte esencial de la educación escolar aprenderse las obras de Homero y Hesíodo.

Dentro del periplo de la conformación de la política en la sociedad griega, hay que destacar el florecimiento de diferentes disciplinas como la filosofía, la cultura y el arte, especialmente durante el periodo de Pericles, (445 a.C.) El mundo heleno se extendía desde el sur de Italia, pasando por las islas del Egeo y el Adriático hasta las costas de Asia Menor.

Atenas se convirtió en el principal centro de actividad del mundo antiguo, y con ello resaltan los nombres de intelectuales, filósofos dramaturgos, historiadores, poetas, escultores, como Esquilo, Aristófanes, Eurípides, Sófocles, Aristóteles, Platón, Sócrates, Herodoto, Tucídides, Halicarnaso, Jenofonte, Simónides, Fidias y Esquilo, Pitágoras, entre muchos otros personajes que dejaron huella permanente en sus diferentes ámbitos.

El concepto de ciudadanía para los atenienses era su mayor gloria y valor. Pero todo lo que inicia en algún momento debe terminar y los griegos ven mermada su sociedad después de tantos enfrentamientos bélicos que concluyen con la guerra del Peloponeso y la conformación del imperio macedonio representado, primero por Filipo II y extendido con Alejandro Magno, cuya muerte trajo la división del imperio, situación aprovechada por los romanos, que retoman no sólo la parte medular de su esquema político, sino que adaptan su propio sincretismo y lo exportan al mundo.

Si a los griegos el mundo occidental le reconoce el concepto de democracia, a los romanos se les reconoce la aportación del derecho público. Ambas acepciones juegan un papel fundamental en la conformación de la sociedad romana. Y si los griegos tenían una amplia vinculación con la parafernalia mística, los romanos la incluyen como parte de su identidad de arraigo y nacionalismo al adoptar la leyenda de Rómulo y Remo como parte central de la fundación de su ciudad.

De los griegos heredamos la derivación de nuestra lengua, el sentido de democracia y del humanismo en occidente. Dejaron evidencia de su grandeza en templos y monumentos como la Acrópolis en Atenas, los templos de Atenea, Poseidón y Zeus.