POR MARÍA D. LEÓN

Al igual que muchas civilizaciones antiguas, la de Mesoamérica guardaba una profunda relación con los fenómenos naturales; ellos determinaban su destino y su origen.

En el llamado Posclásico tardío, durante el siglo XIV se funda la capital del gran imperio azteca enclavada en el corazón de la capital de México.

Su historia guarda una estrecha relación con la cosmovisión que determinaba el quehacer cotidiano de sus actividades.

Muestra de ello, es el origen a través de una profecía que les indicó el lugar en donde se debían establecer para fundar el imperio azteca, o al menos así lo indican las leyendas alrededor del peregrinaje de una tribu desde el mítico lugar llamado Aztlán, hasta donde encontraran a un águila posada en un cactus devorando una serpiente.

Fue en este lugar en donde lograron establecerse y construir un gran templo en honor de sus dos máximas deidades: Huitzilopochtli y Tláloc.

Habría que recordar que los mexicas o aztecas fueron la última tribu nahuatlaca que llegó al valle de México y en consecuencia, ya contaban con amplios conocimientos de sus antecesores sobre diversas disciplinas y ello queda de manifiesto en la similitud de costumbres, creencias y métodos de gobierno, de alguna forma heredados de civilizaciones más antiguas como la teotihuacana.

Los aztecas creían en un origen divino y en la efectividad de rendir pleitesía a cuatro elementos básicos: agua, aire, tierra y fuego; además, dos factores resultaban fundamentales dentro de sus creencias: la guerra y el sacrificio humano.

Los aztecas mantenían un gobierno teocrático en el que un consejo supremo elegía a su gobernante o “uei tlatoani”; no obstante, las funciones religiosas solo las ejercía la casta sacerdotal y eran precisamente los sacerdotes los encargados de encabezar todo tipo de evento desde los nacimientos, hasta la educación, el resguardo de documentos importantes y la influencia definitoria en el inicio de las guerras.

La relación entre el gobernante en turno y los sacerdotes era muy estrecha y llegaron a practicar la antropofagia en rituales religiosos, pues consideraban a los prisioneros obtenidos de las guerras floridas como una forma de entronizar con los dioses, de agradarlos y rendirles tributo a través de los sacrificios y de la ingesta de carne humana.

La práctica del sacrificio humano llamó poderosamente la atención de los primeros españoles que llegaron a México y fueron los frailes del siglo XVI los que describieron a detalle esta costumbre, que a su parecer, resultaba horrorosa de parte de los oriundos de la tierra conquistada.

El 13 de agosto 1521 México-Tenochtitlan vio su fin y con el pretexto de la conversión religiosa se llevó a cabo uno de los mayores genocidios de la época, aunque muchos mexicas disfrazaron su cristianismo con tal de conservar sus creencias.

La interposición de una virgen española en el Tepeyac migró la veneración de Tonantzin (la madre de todos los dioses) a la virgen María. Se culminó el sincretismo religioso y con ello el embuste católico más lucrativo de la historia de México.