Por Claudio Montane

Son las frías 5:15 de la mañana del lunes 7 de julio del 2014, inicio el día igual que cualquier otro en los últimos cuatro años. Como yo, miles de trabajadores que vivimos en el área urbana del valle de Toluca y que trabajamos en la Ciudad de México, empezamos nuestros días cuando menos tres horas antes que nuestra jornada laboral con un pendiente común, llegar a tiempo a nuestros trabajos.

Esta preocupación pareciera aliviarse cuando mi auto, un compacto francés gris, gracias a las medidas de protección ambiental de la capital del país le toca circular. Ya realizada mi ceremonia de aseo personal para trabajar que consiste en un rápido baño, rasurada, lavado de dientes y el riguroso traje, sigue encender el compacto y tomar las avenidas de Toluca para llegar a la autopista que me conecta con la Ciudad de México, es el primer trago de saliva que corre por mi garganta implorando a las fuerzas divinas que aun el tráfico no se congestione.

Paseo Tollocan parece más que una avenida, la representación actual de las competencias automovilísticas de principios del siglo XX, “conductores en sus marcas, ¿Listos?, ¡Fuera!”, ¡la ley de la selva sobre asfalto!, esto sucede aproximadamente a la altura del hotel Fiesta Inn, el límite de velocidad está en el pie de cada conductor, los señalamientos viales se convierten en mero ornamento del camino y las líneas blancas que dividen los carriles en sugerencias para “intentar” circular “ordenadamente” ya que en ese momento, en ese espacio, los caballos de fuerza mandan y a voluntad, cualquier carril es bueno para abrirse paso entre las tortugas que intentamos no ser arrollados por autos deportivos, autos de lujo, oscuras caravanas blindadas con escoltas o por quien, por sus pantalones, reclama su territorio haciendo cambios de luces para pasar.

Ese fue el segundo trago de saliva, por lo que usted ha leído, más amargo que el primero, para probar el tercero, éste llega después de la nublada caseta de cobro de La Marquesa, cuando ya está a la vista la silueta del puente Santa Fe, implorando nuevamente que el tráfico no se haya congestionado por alguno de los múltiples motivos que a diario ocurren en ese lugar.

Superado el punto, tres tragos de saliva y 55 minutos después de encendido el compacto gris, la avenida Paseo de Las Palmas en la Ciudad de México parece menos hostil que el resto del camino, solo faltan 10 minutos para llegar a Lomas de Soltelo y ahí empezar la parte menos complicada del día, la oficina.

Me atrevo a compararla así, ya que mi labor como editor de una revista con todo lo que conlleva en competitividad, recolección de información, de imágenes, coordinación de los colaboradores, juntas con los ejecutivos, planteamiento y replanteamiento de nuevas metas de venta y todo el estrés de la revisión minuciosa de textos e imágenes para elaborar un producto que se acerque a lo divino, por mucho, por mucho, no pone en peligro mi vida como lo es cada traslado de ida o vuelta desde Toluca a la Ciudad de México.

Le acabo de narrar la rutina de los días menos complicados, estos los extraño cuando el antes mencionado programa de protección ambiental, impide la circulación del compacto gris.

Esos días empiezan más temprano, a las 4:30 en lugar de encender el motor, camino a toda prisa hacia la avenida más cercana de mi casa para encontrar un taxi que me lleve a la terminal de Autobuses de pasajeros de Toluca, ahí existen varias opciones, las que hacen parada en el camino y la huesuda a veces toca de compañera de asiento o los que no hacen parada y llegan en menos tiempo con un costo de boleto por encima de los que lo invitan a librar a la muerte, pero por esa diferencia bien vale la pena intentar no llegar tarde o más bien, ya a secas, llegar.

Aquí el primer pendiente del día fue el taxi y ya estando arriba del autobús, el camino no parece tan tétrico ni competido como cuando la pelea por alcanzar la delantera se convierte en un asunto personal. Esta generación de autobuses ofertados como “clase ejecutiva” o “plus” ofrecen un asiento cómodo, que lo invitan a descansar y a realizar el “sexto sueño”, un descanso extra antes de llegar a la central de autobuses observatorio en la Ciudad de México.

Después de escuchada la tranquilizadora frase de cortesía del conductor ¡Servidos!, la carrera por formarse en la fila de la taquilla de taxi y otros medios de transporte luce como un paseo de avestruces por un corral, nadie pareciera querer correr desesperado con largas zancadas por conservar el estilo, más si va de traje en el caso de los caballeros o de tacones y vestido en el caso de las damas, pero lo que sí es parte del ritual es ese paso ligero, muy ligero para, en mi caso, alcanzar un boleto para abordar un taxi de los que en larga fila ya se encuentran dispuestos todos los días ahí en la central de autobuses de observatorio para atender al pasaje.

Aquí el panorama cambia radicalmente en comparación al autobús, desde abierta la puerta del taxi es común percibir aromas entremezclados que aun sin desayunar invitan a no respirar intentando no revolver el estómago, vehículos que a pesar de su aspecto de reciente modelo, sus simbólicos asientos reflejan el paso de cientos de pasajeros ya que claramente se sienta uno sobre la base de la carrocería así como el sonido de motores cansados, comúnmente la mayoría de los ahí dispuestos provenientes de una afamada marca japonesa, compactos de cuatro puertas con pésima fama de seguridad son la regla en este anden. Sin embargo es eso o búsquese otra opción.

Recuerdo en una ocasión que recién empezado el viaje ya en el periférico rumbo al norte de la ciudad, muy delante del taxi, ocurrió un percance que no parecería liberara pronto la circulación, tratando de conservar la calma pregunté al conductor del taxi en tono meramente hipotético, “señor, ¿si el bloqueo sigue y yo decido bajarme me regresa el costo de mi boleto? A lo que en tono entre defensivo e irónico respondió “¡NO!, yo lo regreso a la central de autobuses y ahí le devuelvo su boleto, pero no le regreso nada”, su elocuencia me reveló lo difícil de su labor, intentando completar cada viaje para regresar y hacer cola de nuevo en espera de otro pasajero y el desamparo en el que estamos quienes los abordamos.

Tras 15 o 20 minutos de demostración de destreza que envidiarían los pilotos de carreras profesionales, con el escape de un suspiro la oficina está a la vista. 140 minutos y 135 pesos después de cerrada la puerta de mi casa, la jornada diaria está por comenzar.

Una de las modernas ofertas de transporte para intentar mejorar esta problemática son la noticia del radio esta mañana, el anuncio del inicio de la construcción de la vía para un ferrocarril de pasajeros entre la Ciudad de México y Toluca. Un confortador anuncio entre la fanfarria política tan común de nuestra era, nos promete viajes rápidos, seguros y eficientes, una vez más nuestra capacidad de asombro puesta a prueba para comprobar si este tan aplaudido proyecto servirá para hacernos la vida más fácil o menos complicada, lo que a cada quien nos convenga creer.