POR MARÍA D. LEÓN

Primero fue nombrado cónsul de Bitinia y luego senador de Roma; dormía en un elegante recinto de mármol entre exquisitas telas dentro de una villa con amplios jardines, y disponía de hasta 18 sirvientes para satisfacer todas sus necesidades. En su cuello portaba collares de piedras preciosas y hasta se le erigió una estatua de marfil.

Se decretó silencio absoluto con tal de no enturbiar la hora de la siesta e incluso se casó con Penélope, una bella mujer de la alta sociedad. Al menos así describe el historiador romano Suetonio la vida hedonista de Incitatus, el caballo preferido del emperador Calígula (12 d.C.-41 d.C)

A cambio, el imperial equino debía participar en las carreras del hipódromo y ganar, de lo contrario se castigaba, bajo pena de muerte, al jinete, pero nunca al brioso ejemplar procedente de Hispania.

Tales descripciones se extraen de “La vida de los doce césares” de Suetonio, en donde se puede apreciar la devoción que Calígula tenía sobre el hermoso corcel hasta derivar en una divinización, incluso apoyada por pusilánimes senadores que complacían a Calígula en todos sus desvaríos, con tal de no perder su lugar en el Senado y mucho menos los favores del emperador.

Incitatus, cuyo significado en latín es Impetuoso, se convirtió en uno de los caballos más famosos de la historia, debido a las extravagancias de un sátiro y cruel emperador que tragaba costosas perlas disueltas en vinagre y devoraba manjares condimentados con oro.

El delirio de grandeza sólo le duró cuatro años a Calígula. Su gobierno plagado de sangre y arbitrariedades condujo a su asesinato por la guardia pretoriana, cuando contaba con tan sólo 29 años. Su locura también provocó el último aliento del famoso Incitatus.